El 10 de abril de 1912, el puerto de Cherburgo, en Francia, hervía de expectación. Frente a sus muelles se alzaba la silueta imponente del RMS Titanic, el trasatlántico más grande, lujoso y tecnológicamente avanzado jamás construido por el ser humano. Concebido como el cénit de la ingeniería de la Belle Époque, el barco prometía conectar continentes y desafiar a las propias fuerzas de la naturaleza. Entre la multitud de rostros pálidos y fortunas de la alta sociedad eduardiana que ascendían por sus pasarelas, caminaba un hombre cuya presencia desafiaba el relato que la historia oficial intentaría consolidar durante el siguiente siglo: Joseph Philippe Lemercier Laroche.

 

La Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, conocida universalmente como la Orden de Malta, es una de las instituciones más fascinantes y longevas de la cristiandad occidental. Con más de 900 años de historia ininterrumpida, esta organización ha sabido mutar desde sus orígenes como una comunidad de monjes enfermeros en Tierra Santa hasta convertirse en una potencia naval temida en el Mediterráneo y, finalmente, en un Estado soberano sin territorio dedicado a la ayuda humanitaria global.